Laura Pausini cantó con Fito Páez en el show más ambicioso de su carrera: tres horas de música y una decena de vestidos

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Laura Pausini no tiene competencia en Argentina. La escasa llegada de voces femeninas italianas al país le otorga un reinado exclusivo. En otra época, cuando el mercado local estaba saturado de cantantes provenientes de la península, la competencia fue feroz: Rita Pavone, Mina, Ornella Vanoni, Gigliola Cinquetti, Iva Zanicchi, Milva, Raffaella Carrá, Donatella Rettore, entre otras.

Laura Pausini cantó con Fito Páez en el show más ambicioso de su carrera: tres horas de música y una decena de vestidos
Laura Pausini cantó con Fito Páez en el show más ambicioso de su carrera: tres horas de música y una decena de vestidos

Laura Pausini rinde homenaje a todas ellas sin mencionarlas, como si llevara en alto esa herencia. Pisa el escenario con la contundencia y elegancia de cada una, mantiene viva la esencia de la canzone italiana y cultiva la dicción y el canto en varios idiomas.

A 33 años de haber ganado el Festival de San Remo, la artista se encuentra en su punto máximo, como en un estado de gracia y confianza extrema. Por eso puede permitirse que Fito Páez aparezca en el Movistar Arena para cantar a dúo “Mariposa tecknicolor”.

Al comienzo, “la mezzo-soprano pop” cautivaba con su austeridad. Hoy cuenta con una maquinaria impresionante, que incluye recursos visuales abrumadores, pantallas que despliegan un relato paralelo, cerca de diez cambios de vestuario —varios diseños de Armani—, fuego en escena y la puesta en escena propia de un musical de Broadway. Sin embargo, detrás de toda esa parafernalia, el centro sigue siendo su voz, su profunda interpretación y su habilidad para la comedia.

Quizás la mayor deuda de Laura Pausini en Argentina sea no cantar más en italiano. Apenas incluye algunos versos en su lengua materna, pero el repertorio de este “Yo Canto World Tour” es esencialmente en español y celebra la música latinoamericana. Trata de no olvidarse de ningún país e hilvana la poesía de Violeta Parra (“Gracias a la vida”) con himnos popularizados por Juan Luis Guerra (“Bachata rosa”), Ricky Martin (“Livin’ la vida loca”), Gloria Estefan (“Oye mi canto”), Alejandro Sanz (“Cuando nadie me ve”) y Celia Cruz (“La vida es un carnaval”), entre otros.

En tres horas de un concierto esencialmente teatral, presenta más de 40 canciones sin pausas, manteniendo un caudal vocal impecable. Su repertorio es interminable y organiza varios setlists que siguen la lógica de sus dos últimos discos, “Yo Canto” y “Yo Canto 2”. Lleva la intensidad al límite con versiones propias y ajenas que van desde “La isla bonita” de Madonna hasta su clásico eterno “La soledad”.

Cuando el espectáculo parece alcanzar su punto máximo, cambia de tono, colores y vestuario, mutando y desafiando al instante anterior. Laura aparece vestida de novia, con tules, seda y chifón, con incrustaciones de piedras; va desde evocaciones de la moda de los años setenta hasta homenajes a mujeres víctimas de violencia de género. Es como si quisiera adaptar la Semana de la Moda de Milán a un miniestadio porteño.

En uno de los momentos más conmovedores del recital, sale vestida como una Virgen con un niño en brazos para interpretar “Hijo de la luna”, tema popularizado por Mecano. La escena evoca una puesta onírica al estilo de Pepe Cibrián, con reminiscencias teatrales y dramáticas.

Más allá de su impecable canto, Laura es una gran conversadora, capaz de cambiarse rápidamente y ofrecer atuendos de gala sin dejar baches escénicos. Brinda una verdadera clase magistral de arenga y entretenimiento: pide que le enseñen “puteadas” argentinas, juega con palabras desconocidas y propone subirse a “la Aerolínea Pausini” para teletransportarse por Sudamérica a través de un “salmo” musical autóctono de cada región.

A dos años de su último show en el Movistar Arena, Laura eleva la apuesta y habla de “mariposas en la panza” y del hombre que escuchaba cuando comenzaba su carrera: Fito Páez. El rosarino irrumpe en escena, menciona su profunda conexión sanguínea con Italia y pactan nuevos duetos.

En el cierre, la segunda invitada es Yami Safdie, una figura que se ha convertido en comodín de artistas internacionales —Camilo y Alejandro Sanz fueron algunos de los últimos anfitriones de la cantante de Haedo—.

Entre tanta desmesura de producción, escenografías virtuales, proyecciones vertiginosas y la energía de la propia artista, resulta difícil asimilar toda la información que la italiana, nacida en Solarolo, quiere transmitir. El sobreestímulo es constante. Este podría ser el espectáculo más ambicioso de su carrera, aunque ella no necesite semejante pompa. Sus seguidores saben que bastaría con presenciarla en carne y hueso, con su sonido y emoción genuina.

“No quiero acostumbrarme a esto”, llora en la despedida, como si no se habituara a las ovaciones desde aquel día de 1993, cuando el aplauso en San Remo consagró una marca italiana. Allí, donde Mina, Rita, Ornella y tantas otras se convirtieron en nombres de referencia, Laura presentó su proyecto y supo administrarlo tan bien que hoy es una verdadera corporación.

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